Esa elección es un acto espiritual.
Muchos de nosotros aprendimos que tomar la vida en serio significa vivir bajo su peso. Las dos cosas quedaron vinculadas. Y así caminamos con un peso que confundimos con sabiduría.
Los maestros zen lo veían de otra manera. Se reían. Contaban historias imposibles y sonreían mientras los estudiantes se quedaban perplejos ante ellas. La risa era la enseñanza. La alegría, en esa tradición, era evidencia de claridad — una señal de que algo había sido visto con transparencia y luego soltado. En algunas de las historias zen más antiguas, el momento del despertar se parece menos a la solemnidad y más a la carcajada.
Elegir el deleite en un mundo difícil requiere valentía. Significa confiar en que la presencia importa, que la belleza es real, que un momento de genuina alegría merece toda tu atención. La pesadez puede percibirse como virtud. También puede ser un hábito que vale la pena examinar.
Observa en qué partes de tu vida sigues cargando un peso que ya no te sirve. Pregúntate qué se abre cuando lo sueltas — en este momento, en esta respiración.
Se te permite encontrar la vida graciosa, tierna, extraña y digna de ser saboreada. Esa capacidad de deleite no es una distracción de tu vida espiritual.
Puede ser su expresión más clara.

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